Será necesario iniciar estudiando y comprendiendo qué es un mandala, como un elemento que está íntimamente relacionado con este motivo y en el que se ha puesto mucho énfasis en el texto.
Los mandalas son formas, figuras concéntricas, de allí su nombre que en sánscrito significa círculo, totalidad. Han sido utilizados desde tiempos remotos para lograr el equilibrio personal, pues desde su concepción que se origina en la India, para luego expandirse en las culturas orientales e indígenas en América, son sistemas ideográficos que contienen un espacio sagrado.
Desde la psicología, conocemos que fue Carl Jung quien recuperó estas figuras de origen oriental y las incorporó a sus estudios y terapias; Jung consideraba que los mandalas propician la búsqueda de la individualidad del ser humano, pues está retratado allí el consciente y el inconsciente y afirmó que el arquetipo de ellos se encuentra firmemente anclado en el subconsciente colectivo.
Si hablamos del mandala como una suerte de figuras concéntricas y geométricas que pueden ser creadas en forma bidimensional o tridimensional, podemos pensar también en Rayuela como una novela mandálica.
En Rayuela, cada uno de los elementos que configuran al texto, colaboran con la conformación de este gran mandala, en el que (desde esta perspectiva) se encontraría en el centro, la misma novela.
Es interesante, pues este análisis permite pensar en lo infinito: un mandala puede seguirse creando siempre. Desde el centro, hasta el infinito. No existe límite, solo inicio y eso también ocurre en Rayuela, pues se trata de una novela en la que existen diversidad de novelas: siempre se puede crear una más, ya sea saltándose capítulos, leyéndola al revés, al derecho, leyendo los capítulos pares, impares, o como propone el autor.
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